España

El coronavirus vacía las estanterías

El miedo viaja deprisa: a 700 kilómetros de Madrid se agota ya el papel higiénico

  • Los supermercados de provincias alejadas de la capital como Cádiz viven una semana al alza y este viernes abren repletos de público. 

"Hasta luego, Coronavirus", le dice un trabajador a otro mientras cierra la puerta del almacén. "Adiós", contesta más seco que una tos de esas que dicen que son síntoma de coronavirus su compañero. Porque puede que en Cádiz, a 700 kilómetros de Madrid (una provincia con solo diez casos confirmados, según actualizó la Junta la tarde del jueves), todavía se muestre cierta sonrisa irónica cuando se habla de la enfermedad. Pero en los supermercados el papel higiénico se vende a toda velocidad. Y el jabón de manos. Y las conservas. Y el agua mineral. Y la leche.

Los pasillos donde normalmente se ofrecen servilletas, papel de cocina o del baño se han convertido en el nuevo ágora de debate y discusión ciudadana llegados llegados al jueves. La estupefacción ha sido de fuego lento desde que el lunes Madrid cerrase los colegios pero la preocupación cala también en la provincia gaditana, uno de los puntos más alejados de la capital que puede haber en la península. Queda la guasa, aumenta la precaución. El viernes, a la apertura de los comercios, colas de un centenar de personas y camiones de descarga que traen el doble de carne y verduras de lo habitual.

Los supermercados hacen cajas de sábado un martes cualquiera de marzo; el miércoles se nota que han repuesto más de lo normal y los empleados se preguntan por las ventas del día anterior; los jueves, los pedidos a domicilio para servir durante la mañana se agotan a la primera hora de apertura; y el viernes, nada más abrir, ya no hay papel higiénico desde la tarde anterior y a las nueve y diez no queda un solo carro o cesta libre del público que abarrota los pasillos.

Un hipermercado que suele tener su gran pico en los fines de semana se queda sin naranjas y sin tomates, sin calabacín y sin leche en un martes. Al miércoles, los pasillos intermedios entre anaqueles, normalmente vacíos, están repletos de leche, agua o, una vez más, todas las variantes de papel para consumo familiar.

A todo esto, los guardias de seguridad rondan las inmediaciones del papel higiénico en lugar de quedarse donde suelen, que es junto a las botellas de alcohol caras. Los clientes derrapan con sus carros llenos y se llevan las manos a la cabeza cuando ven que no hay lo que han ido a buscar. Se quejan de la psicosis de la gente pero ellos iban a ese pasillo a lo mismo. "Hemos abierto a las nueve y a las diez menos diez no había papel higiénico", cuenta un trabajador del supermercado (del que no diremos nombre por respeto) un día antes de que no siquiera haya opción en la apertura. "A la tarde, a la tarde...", dicen.

En las colas se ve un poco de todo y cajeras y cajeros se desahogan como pueden. Que si una señora ha venido en abrigo de estepa siberiana, bufanda y guantes "porque ha oído que el virus se muere con el calor y quiere matarlo así"; que si un señor mayor lleva el carro repleto solo con tres productos: papel higiénico, agua y leche; que si una señora se ha gastado 200 euros solo en pasta.

"Mucho, mucho más". Dice otro empleado cuando se le pregunta si tienen mucho más trasiego que un día similar pero de hace una semana. "Va a rachas", añade, señalando como una de las peores es cuando los padres (madres, más bien) ya han dejado a los niños en el colegio y van al supermercado a una hora o así de su apertura. Cuando en Madrid sumaban su segundo día sin colegio, en Andalucía se multiplicaban los padres que se cuestionaban cuándo suspenderán las clases por mucho que en los medios regionales el debate se centre más en la inminente Semana Santa.

Eso ocurrió en torno a las nueve de la noche del jueves, cuando el presidente andaluz, Juanma Moreno, anunció el cierre de todos los centros educativos desde el lunes. Sin embargo, y al igual que ocurriera en Madrid el martes, a las horas de confirmarse el cerrojazo escolar en Andalucía, los supermercados se llenan a la apertura posterior. 

"No lo entiendo", dicen una y otra vez los que se quedan sin productos elementales porque fueron a la compra como siempre, por la tarde, y ya no había tanta variedad como siempre. Muchos de ellos son los que han abarrotado los comercios a primera hora del viernes. "Ayer me quedé sin carne y hoy no me pasa", advierten. "Vamos a este otro supermercado, que seguro que tienen", se dicen entre ellos cuando ven que no hay un producto concreto.

"Yo necesito el papel ahora porque cuido a una señora mayor y tengo que limpiarla", dice una trabajadora, mono de asistencia puesto, dando vueltas frente a los palés vacíos, como no creyéndose que no haya. Finalmente, pregunta por el pan, que lo tiene a la espalda pero no ha visto porque solo quería ver papel higiénico. Y porque está nerviosa.

Un mercadillo tradicional en Cádiz, prácticamente vacío. / La Información

Tranquilos, muy tranquilos, están los mercadillos. Aunque no de ánimo, precisamente. La afluencia de público y sus ventas son un termómetro perfecto del miedo que toma las mentes de los gaditanos. El millar de trabajadores que montan sus tenderetes van de ciudad en ciudad de la Bahía de Cádiz toda la semana. Son autónomos y notan cada brisa de miedo: el lunes, que es el día de la capital, fue un día normal. Pero luego el martes y el miércoles (Chiclana, El Puerto, Rota…) fue bajando la intensidad hasta que en San Fernando, a jueves, ya calculan unas ventas un tercio menores de lo habitual.

"Hay poca gente y mucho miedo", dice un vendedor en uno de los puestos de más venta porque está justo en el acceso al mercadillo. Recoge ya sus calzoncillos y calcetines, media hora antes de lo habitual "porque no hay nadie y no lo ha habido en todo el día". ¿Miedo por su salud? Algo hay, pero en esos momentos le preocupa más un rumor que corre por las decenas de tenderetes: Sanlúcar de Barrameda (que celebra mercadillo los miércoles) ha suspendido la venta. Es cierto: hay una nota oficial del Ayuntamiento sanluqueño y hay también otros pueblos de la Sierra que se han sumado.

"Como todos nos prohíban tres semanas…" Los puntos suspensivos se pueden oír de lo que resuena la duda de otro vendedor. Una tercera vendedora, sin embargo, se queda en el bando de los que prefieren quitarle importancia al coronavirus: "Aquí no vendemos porque la gente no tiene dinero y no sabe si es verano o es invierno. Yo no le tengo miedo porque dicen que afecta solo a los mayores. Ayer en Rota había más bromas que miedo".

Pero eso fue el miércoles. Llegado el viernes por la mañana, los reponedores de los supermercados trabajan a destajo para rellenar las estanterías y conservas, de congelados y carne fresca. Sus compañeros en cajas les reclaman para que les echen una mano, pero lo hacen dejando palés por en medio. "Esto no es normal", murmuran vendedores y clientes entre unos pasillos que recuerdan a una buena noche de Feria. Tan lejos de Madrid, el miedo ha tomado aquella frase de Bram Stoker en ‘Drácula’ cuando advertía que “los muertos viajan deprisa”. Para el miedo, 700 kilómetros no son nada.

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