Economía

El batacazo en la demanda

España es el segundo país de Europa que más paga por el gas… por poco tiempo

Las estadísticas mandan. Según Eurostat, España tiene el segundo precio del gas más caro de Europa, solo superada por Suecia. El dato es tan cierto como extemporáneo ya que refleja unas cifras del segundo semestre de 2019. En apenas unos meses ya nada es igual que antes y tampoco lo es para el mundo de los hidrocarburos, que suman a la crisis del coronavirusel descalabro de los precios del petróleo.

Probablemente, en la próxima serie estadística, la rebaja de la factura se notará en el bolsillo de los consumidores, más aliviados, pero también en las arcas del Estado, que dejarán de ingresar unos suculentos beneficios en forma de impuestos, auténtico factor determinante a la hora de proporcionar titulares tan jugosos, como el hecho de situar a España al frente del ranking de países con la energía más cara.

Y es que no todo es petróleo en la crisis de los precios energéticos. El desplome de las petroleras en las bolsas y el precio del crudo están tensando hasta un límite inimaginable el difícil equilibrio existente entre oferta y demanda y el petróleo no es el único afectado en esta ecuación.

Su hermano menor, el gas, también está siendo contagiado por la reducción de la producción para compensar la abrupta caída de la demanda. La enorme diferencia existente entre ambos elementos ha provocado que se reabra una guerra entre productores y clientes, en la que los primeros luchan por reducir la producción, mientras que los segundos ponen en valor el batacazo en la demanda como medio para seguir tirando los precios por los suelos.

Al igual que ocurre con el petróleo, el pie cúbico almacenado es la nueva medida de valor universal en el sector del gas. Las reservas del elemento gaseoso en Estados Unidos han aumentado en 109.000 millones de pies cúbicos, hasta alcanzar los 395.000 millones. El aumento del almacenaje es una losa para los cientos de productores de shale gas estadounidenses. Según los analistas de Raymond James, las unidades de producción americanas podrían caer de las 800 existentes en 2019 a menos de la mitad en junio e incluso a 200 a finales de año, un pronóstico que indica que el bajo precio del gas, lejos de ser un episodio puntual, puede convertirse en un problema coyuntural a medio plazo y con un horizonte peligrosamente imprevisible.

Los mercados reaccionan de inmediato. Lo cortoplacista prevalece sobre el futuro y así la geopolítica económica del gas despliega sus efectos en aquellos países que son suministradores estratégicos como Argelia, Egipto, Rusia, EEUU o los países del Golfo. Para España, el caso argelino es el más importante, tanto en términos relativos como absolutos. La entrada de gas canalizado en nuestro país se realiza por los seis puntos de conexión internacional existentes en la Península. Dos de ellos, el Medgaz, procedente directamente de Argelia, y el de Magreb-Europa, que une Cádiz con Marruecos, han provisto, históricamente, la mayor parte de nuestro consumo de gas.

Sin embargo, en el último año, al gas que une las dos orillas continentales le ha salido un duro competidor: el barco. Según datos de Cores, la corporación de reservas estratégicas española, las importaciones netas de GNL crecieron un 48,5% en marzo de 2020, mientras que las realizadas a través de gasoducto disminuyeron una cifra igual, un 48,4%. Un sorpasso histórico por el que EEUU se convertía en el principal proveedor de gas a España, puesto tradicionalmente reservado a Argelia.

La razón de este cambio estratégico es clara. El gas argelino siempre se ha mostrado más competitivo, debido, principalmente, al coste de su transporte, tradicionalmente más barato que el del transporte marítimo. La caída del precio en el mercado ‘spot’ ha supuesto un revulsivo que cuestiona la competitividad de un canalizado que cotiza a precios más elevados.

No todo son malas noticias. La posición de España como ‘hub’ gasístico mundial permite que las exportaciones también hayan aumentado exponencialmente, suponiendo un aumento del 41,5% con respecto a marzo de 2019, siendo Francia el principal destino de las mismas.

La joya energética del norte de África

Las implicaciones para Argelia le han llevado a considerar el desarrollo de otros productos alternativos al gas y al petróleo, como el uranio, el oro y el fosfato. Para ello, el presidente Abdelmadjid Tebboune, ha considerado la idea de retomar los planes de desarrollo lanzados a raíz de las protestas que sacaron a la calle a miles de argelinos en Kherrata o Argel.

El principal objetivo del plan es invertir en sectores no relacionados con los hidrocarburos, para tratar de reducir la dependencia argelina de estos ingresos que, pese a ser ingentes, no ofrecen un empleo intensivo y que, desde el punto de vista social, no son tampoco un factor redistributivo de la riqueza, un aspecto crucial para las reivindicaciones de la mayoría no tan silenciosa que se manifestaba a comienzos de año en el país.

Para empeorar aun más la situación, la crisis del coronavirus y la reducción de ingresos procedentes de los hidrocarburos hacen imposible acometer, motu propio, las inversiones necesarias, por lo que Tebboune no ha dudado en abrir los brazos a "nuevos inversores extranjeros", léase China u otros países musulmanes con interés en participar en la joya energética del norte de África.

La geopolítica del gas nos afecta directamente. Desde que España importa gas argelino la estabilidad de nuestro principal proveedor ha estado asegurada. A excepción de los atentados de In Amenas, la seguridad siempre ha sido una seña de identidad del país.

Los precios del gas podrán subir siempre que la "nueva normalidad" se vaya recuperando y haya países que se incorporen al exclusivo club de los que salen del desconfinamiento y las cuarentenas. Este hecho provocará que paulatinamente la demanda se recupere, igualando las cotizaciones en los contratos a corto y largo plazo de gas natural. Son malos tiempos para los consumidores que pagan la segunda factura más cara de Europa, pero buen momento para los 'traders', dispuestos a renegociar contratos de futuros que hoy son realmente obsoletos.

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